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EL CIELO

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La inmensidad del Cielo

415. Que el cielo del Señor es inmenso puede ser claro por mucho de lo que se ha dicho y manifestado en lo que antecede, sobre todo por aquello de que el cielo proviene del género humano (véase arriba, n. 311-317); no sólo del género que nace dentro de la iglesia sino también del que nace fuera de ella (n. 318-328), por consiguiente de todos cuantos han vivido en el bien en esta tierra desde su primer origen. Él que tiene algún conocimiento acerca de las varias partes, regiones y reinos de esta tierra puede comprender cuan grande es la multitud de hombres (nacidos) en este orbe terrestre. Quien calcule verá que mueren en ella diariamente varios millares de hombres, y dentro de un año por consiguiente algunas miríadas o millones, y esto desde el principio, después del cual han trascurrido muchos miles de años; cuyos hombres, después de la muerte, todos han ido, y continuamente van, al otro mundo, llamado el mundo espiritual; pero cuantos de ellos han llegado a ser ángeles del cielo no se puede decir. Se me ha dicho que en el tiempo antiguo muchos llegaron a serlo, porque entonces los hombres pensaban más interior, y más espiritualmente y porque así se hallaban en una inclinación celestial, pero en las edades que siguieron no lo consiguieron tantos, por la razón de que los hombres en el trascurso del tiempo se volvieron exteriores, empezando a pensar de un modo más natural y por ello a entrar en una inclinación terrenal. Puede por esto ser claro que el cielo es grande, en primer lugar sólo por los habitantes de esta tierra.

416. Que el cielo del Señor es inmenso puede constar sólo por el hecho de que todos los niños, tanto los que han nacido dentro de la iglesia cuanto los que han nacido fuera de ella, son adoptados por el Señor y llegan a ser ángeles; su número alcanza la cuarta o quinta parte del género humano entero en la tierra. Que todo niño, donde quiera que haya nacido, dentro de la iglesia, o fuera de ella, de padres piadosos o de padres impíos, es recibido por el Señor cuando muere, educado en el cielo y según el Divino orden instruido e introducido en inclinaciones al bien y mediante estas en conocimientos de la verdad, y luego, conforme va perfeccionando su inteligencia y sabiduría, introducido en el cielo y hecho un ángel, se puede ver arriba (n. 329-345). Puede por esto concluirse cuan grande es la multitud de ángeles en el cielo, originados sólo de los niños desde el principio de la creación hasta hoy.

417. Cuan inmenso es el cielo del Señor puede constar también por el hecho de que todos los planetas que vemos con los ojos en nuestro mundo solar, son tierras y que además de ellos existen en el universo innumerables otros, todos ellos llenos de habitantes, de cuyos planetas se ha hablado particularmente en una pequeña obra que trata de estas tierras, de lo cual citaré lo siguiente:

"En la otra vida es muy conocido que hay varias tierras y en ellas hombres, y, procedente de estos, espíritus y ángeles, porque allí, a todo él que lo desea por amor a la verdad y por consiguiente por la utilidad, es concedido hablar con espíritus de otras tierras, para así convencerse de la pluralidad de los mundos y aprender que el género humano no procede de una sola tierra sino de innumerables tierras. He hablado varias veces con espíritus de nuestra tierra sobre este particular, y han dicho que el hombre que tiene buen entendimiento puede por varias cosas, por él conocidas, saber que hay varias tierras y en ellas hombres, porque racionalmente puede deducir que masas tan grandes como son los planetas, de los cuales algunos exceden en tamaño a esta tierra, no son masas desiertas, creadas meramente para dar vueltas yendo y viniendo alrededor del sol y brillar con su escaso resplandor para una sola tierra: su uso y provecho debe ser más importante que este. Él que cree, como todos debemos creer, que la Divinidad ha creado el universo con el solo fin de posibilitar la existencia del género humano y por ello la del cielo, porque el género humano es el seminario del cielo, no puede dejar de creer que existen hombres donde quiera que haya una tierra. Puede ser claro que los planetas, que vemos con nuestros ojos por hallarse dentro del límite de nuestro mundo solar, son tierras, porque son cuerpos de materia terrestre que reflejan la luz del sol, y observados a través de un telescopio no aparecen como las estrellas, centellantes como fuego, sino como tierras compuestas de varias oscuras materias, y porque gravitan alrededor del sol y avanzan por la vía del zodíaco de la misma manera que nuestra tierra, determinando así los años y las temporadas del año, que son primavera, verano, otoño e invierno; también porque dan vueltas sobre sus ejes de parecida manera que nuestra tierra, así ocasionando los días y las divisiones del día, que son la mañana, el mediodía, la tarde y la noche; además porque algunos de ellos tienen lunas, que se llaman satélites que gravitan alrededor de su orbe en un tiempo determinado, como la luna alrededor del nuestro, y porque el planeta Saturno, que se halla a la mayor distancia del sol, tiene un cíngulo grande y luminoso, el cual proporciona a esa tierra mucha luz aunque reflejada. ¿Quién, sabiendo estas cosas y pensando racionalmente, puede jamás creer que estos son cuerpos desiertos? Además he hablado con espíritus sobre el particular de .que los hombres pueden creer que en el universo existen más de una tierra, considerando que el cielo de las estrellas es tan inmenso y que hay allí tantas innumerables estrellas, las cuales cada una en su lugar o en su mundo es un sol como nuestro sol, de varias magnitudes. Quien reflexiona debidamente viene a la conclusión de que todo esto, tan inmenso, no puede dejar de ser un medio para algún fin que debe ser el objeto final de la creación, y que este objeto final es el reino celestial en el cual puede habitar la Divinidad con los ángeles y los hombres; porque el universo visible o sea el cielo, brillante por innumerables estrellas, las cuales son otros tantos soles, es sencillamente un medio de que existan tierras y en ellas hombres, de los cuales viene el reino celestial. Así es que el hombre racional no puede menos que pensar que este medio tan inmenso de un fin tan importante, no ha sido creado por causa del género humano en una sola tierra. ¿Qué sería esto para la Divinidad que es infinita, y para la cual millares y aun miríadas de tierras, todas llenas de habitantes, apenas sería algo? Hay espíritus cuyo constante esfuerzo es adquirir conocimientos, puesto que sólo en ello se complacen. A estos espíritus es por lo tanto permitido circular por todas partes y también de trasladarse fuera de su mundo solar a otros para adquirir conocimientos. Estos dicen que no tan sólo en este mundo solar hay tierras en las cuales viven hombres, sino también fuera del mismo en el cielo de las estrellas hay inmenso número de ellas. Estos espíritus son del planeta Mercurio. Se ha hecho el cálculo de que si en el universo hubiese 1,000,000 de tierras y si en cada tierra el número de hombres fuesen 300,000,000 o sea trescientos millones y 200 generaciones dentro de 6000 años, y si a cada hombre o espíritu se concediere un espacio de tres varas cúbicas, el número de tantos hombres 6 espíritus, comprendidos en una suma total, no ocuparía, sin embargo, el espacio que ocupa esta tierra, y apenas más que el espacio que ocupa un solo satélite, que gravita alrededor de los planetas; cuyo espacio en el universo sería pequeñísimo, casi invisible, porque los satélites aparecen difícilmente delante de la simple vista. ¿Qué sería esto para el Creador del Universo?—para el cual no sería bastante sí el universo entero fuese lleno; porque Él es infinito. De estas cosas he hablado con los ángeles, quienes han dicho que ellos tienen igual idea de la escasez del género humano comparado con la infinidad del Creador, pero que ellos, sin embargo, piensan desde el punto de vista de estados y no de espacios, y que según sus ideas el mayor número imaginable de miríadas de tierras sería absolutamente nada en comparación con el Señor."

Con respecto a las tierras en el universo y a sus habitantes, y a los espíritus y ángeles que proceden de ellos, se puede ver en el antes mencionado opúsculo. Lo que allí se ha consignado me ha sido revelado y manifestado a fin de que se sepa que el cielo del Señor es inmenso, y que en su totalidad procede del género humano así como que nuestro Señor por todas partes allí es reconocido por el Dios del cielo y de la tierra.

418. Que el cielo del Señor es inmenso puede constar también porque el cielo en conjunto representa a un solo hombre y porque asimismo corresponde al hombre y a cada mínimo detalle en él y que esta correspondencia nunca puede ser completa, puesto que hay correspondencia no tan sólo con los diversos miembros, órganos y vísceras del cuerpo en general, sino también en particular y detalladamente con toda mínima víscera y órgano que hay dentro de los primeros, hasta con cada uno de los vasos y fibras, y no tan sólo con estos, sino también con las sustancias orgánicas que más al interior reciben el influjo del cielo, de cuyas sustancias el hombre tiene las fuerzas activas que sirven a su alma para sus funciones, porque todo cuanto existe interiormente en el hombre existe en formas que son sustancias, siendo así que lo que no existe en principio como sustancias, nada es. La correspondencia con todas estas cosas tiene lugar con el cielo, lo cual puede ser claro por el artículo en que se ha tratado de la correspondencia de todo en el cielo con todo en el hombre (n. 87-102). Esta correspondencia no puede nunca ser completa, siendo así que cuantas más sociedades de ángeles haya, correspondientes a un solo miembro, tanto más se perfecciona el cielo, porque en el cielo, toda perfección aumenta con la numerosidad. La razón por la cual la perfección en el cielo aumenta según la numerosidad es que todos allí tienen un mismo fin, hacia cuyo fin es el unánime mirar de todos. Este fin es el bien común, y cuando reina, tiene cada uno en particular también su bien por este bien común. Esto sucede porque el Señor vuelve hacia sí a todos en el cielo (véase arriba, n. 123), y por esto hace que formen uno en Él. Que la unanimidad y concordia de varios producen perfección, sobre todo cuando vienen de tal origen y de tal vínculo, puede comprender cualquiera que tenga una razón algún tanto ilustrada.

419. También me ha sido concedido ver la extensión del cielo habitado así como la del no habitado, y vi que la extensión del cielo no habitado era tan grande que en toda eternidad no podría ser ocupado completamente, aunque hubiera varias miríadas de tierras y tanta multitud de hombres en cada una como en la nuestra. (De cuyo particular también se puede ver en el opúsculo "Las Tierras en el Universo," n. 168).

420. Que el cielo no es inconmensurable sino pequeño opinan algunos por ciertos lugares en el Verbo, entendidos según el sentido literal, como por ejemplo aquellos en que se dice que en el cielo entran únicamente los pobres; nadie más que los elegidos; sólo los que están dentro de la iglesia y no los que están fuera de ella; sólo aquellos para quienes el Señor intercede; que el cielo se cierra cuando está lleno y que esta duración está prefijada. Pero estos no saben que el cielo nunca se cierra, y que no hay tiempo prefijado, ni tampoco número determinado, y que se dice "elegidos" de los que se hallan en la vida del bien y de la verdad; y "pobres" de los que no tienen conocimientos del bien y de la verdad, deseándolos sin embargo; a causa de este deseo, se llaman también "hambrientos."

Los que por el Verbo, no comprendido, se han formado la opinión de que el cielo es de reducida extensión, piensan también que el cielo se halla en un lugar determinado, donde se verifica la congregación de todos, siendo, sin embargo, así que el cielo consiste de innumerables sociedades (véase arriba, n. 41-50), y también piensan que el cielo es dado a cada uno por inmediata misericordia, verificándose la admisión y la recepción por mero beneplácito. No entienden que el Señor por misericordia guía a cada uno que a Él recibe; y que reciben a Él los que viven conforme las leyes del Divino orden, que son los mandamientos del amor y de la fe, y que lo que se entiende por misericordia es el ser así guiado por el Señor desde la niñez hasta el fin de la vida en el mundo, y después en la eternidad. Que sepan, pues, que todo hombre nace para el cielo; que es recibido, quien en sí recibe el cielo en el mundo y excluido quien no lo recibe.

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